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leopoldogonzalesquintanaAndrés López es ya, tras la culminación del proceso electoral y sin litigios que impugnen su triunfo, virtual presidente electo de México.

A lo largo de meses, años y aún lustros de búsqueda obsesiva del poder, López Obrador le prometió a los mexicanos un cambio, que él anunció varias veces en términos grandilocuentes (esa manía por emplear un lenguaje ampuloso, desbordado e impresionista, tan natural en los populistas del más diverso calibre, los dice a ellos con el tono y el rollo de quien vende “lo definitivo” en el momento y de contado) como “la cuarta gran transformación de México”, después de haber vivido la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Hasta ahora, nadie de los partidarios de la causa triunfante se ha ocupado de precisar qué es para ellos la continuidad y qué la ruptura, ni de advertir que las tres transformaciones previas a que aluden son en realidad tres etapas de un mismo proceso de continuidad, y que, por tanto, lo que ahora anuncia el proyecto obradorista es -ni más ni menos- una discontinuidadl: una ruptura de fondo frente al pasado político de la República.

Ofertar el cambio en una contienda electoral tiene sentido, cuando el que lo ofrece tiene clara conciencia de lo que implica, dispone de información y visión suficientes para conducir la nave del Estado hacia horizontes distintos a los ya conocidos y cuenta con la seguridad de que puede inspirar o generar las condiciones necesarias de un orden realmente nuevo en el país, tomando en cuenta que, como advirtió Maquiavelo hace 500 años, “no hay cosa más difícil de tratar ni más dudosa de conseguir ni más peligrosa de manejar, que hacerse cabecilla de la implantación de un nuevo orden”.

Una cosa es ponerse a la cabeza de un cambio desde la dinámica y la lógica de ´la continuidad´, lo cual supone ausencia de sobresaltos, institucionalidad y cordura republicana, un ánimo social relajado y cierta tersura en el manejo del relevo gubernamental, y otra, muy distinta, colocarse al frente de un cambio siguiendo las pautas y los dictados de ´la ruptura´, lo que incluye deslindes y desencuentros frente al pasado que se intenta superar, el inicio del desmantelamiento gradual del viejo orden y el apunte vigoroso de los primeros grandes trazos en que quedará plasmado el “cambio con ruptura” ofrecido a la sociedad nacional.

Los cambios sustentados en una filosofía de la ruptura suelen ser de naturaleza radical: parten de la explotación exacerbada de los signos del rencor y el malestar que flagelan a la sociedad, buscan adueñarse de la memoria histórica del país para acomodarla a su enfoque, expropian el discurso político de la intemperie civil para volverlo discurso del poder y proponen cualquier cosa -la que sea- para mantener el encandilamiento y la seducción de “la masa” como fuente de legitimidad, todo lo cual desemboca, necesariamente, en el debilitamiento o eclipse de la institucionalidad democrática en beneficio del eje gravitacional del poder, que lo es, con sobrada evidencia, el personalismo político de que tanto se habla en la vida pública.

Al margen de lo que el candidato ganador ofreció en campaña y del aura de tótem “providencial” que millones de mexicanos quisieron comprarle en las urnas, en el imaginario actual no sólo hay serias dudas sobre los soportes más ocultos de su personalidad y el verdadero temple ideológico con el que podría gobernar, sino en torno a la idea que tiene del cambio y que no ha explicado, sin dejar de considerar la cuestión de si él y su partido llevarán adelante sus propósitos dentro de la disciplina y los procedimientos democráticos, o si lo harán distorsionando a la democracia y reforzando el modelo de control vertical del viejo autoritarismo mexicano.

Todavía hoy, es temprano para saber si el proyecto que triunfó en las urnas tendrá la habilidad suficiente para convertir su legitimidad electoral en legitimidad política al servicio de la transformación real del poder: es decir, no sabemos si toda su base electoral seguirá respaldándolo en el ejercicio de gobierno, o si en el camino cundirán los desilusionados, los arrepentidos, las defecciones y las traiciones; tampoco se sabe con certeza si la oferta de cambio va a poder cumplirse o no, entre otras causas, porque la incapacidad para operar un cambio de semejante calado puede ser uno de sus principales escollos, al margen de que el peso y tamaño de los “focos de resistencia” frente a él tienden a proliferar y a multiplicarse; más aún, pese al golpe mediático de timón que significó el anuncio, el viernes 13 de julio, de los “50 lineamientos para el combate a la corrupción y la aplicación de una política de austeridad republicana”, tampoco sabemos qué tan radical y profunda puede llegar a ser “la cuarta gran transformación de México”, la cual tiene, por lo pronto, tres condiciones críticas de posibilidad para realizarse: si no queda a medias o se frustra, tendrá que emprender la fuga hacia adelante y desembocar en la instauración -real, no de saliva- de un Nuevo Régimen; la segunda es que puede terminar como un simple puntapié al avispero o una bengala al aire, sin llegar a constituir una transformación de fondo y con visión de futuro al régimen político y constitucional del país; la tercera consiste en que el cambio ofrecido se desdibuje en los territorios de la amnesia ideológica, no llegue o se distorsione, y en su lugar se instale en la mesa de los mexicanos el germen de una doble restauración: la del PRI decrépito del “nacionalismo revolucionario” (relevado por la tecnocracia gobernante en 1982), con su vieja cauda de autarquía, asistencialismo corporativo, proteccionismo, paternalismo y otros “ismos” de las vísceras de la conciencia nacional, y la del modelo de concentración unipersonal del poder concebido por Stalin y sus socios en la extinta Unión Soviética tras la muerte de Lenin, cuyo nudo de control territorial fueron los “comisarios políticos” y los “sóviets”, colocados estratégicamente en las distintas regiones y naciones de la exURSS.

Sin duda, un solo análisis no agota la inmensa gama de preguntas e interpretaciones que pueden hacerse sobre la complejidad del momento mexicano actual, y es muy probable que algunas de ellas escapen a las formulaciones conceptuales que pudieran hacerse en el presente, entre otras cosas, porque los hechos latentes que mañana contesten a nuestras dudas de hoy, serán, quizás, una caja de sorpresas.

Sin embargo, la placenta caliente de las tradiciones y la gran variedad de temples ideológicos que se dieron cita en MORENA y se cohesionaron en torno a quien se adueñó, desde antes de iniciar la campaña, de la posición de vanguardia que significó enarbolar “el discurso del cambio”, permiten otear y anotar algunos de los por qués del veredicto electoral del 1 de julio.

El triunfo de una oferta electoral híbrida y atípica como la de Andrés López, definida en su núcleo por la explotación del malestar y cierta estridencia discursiva, corresponde a un momento universal de franco apogeo del pensamiento anti-sistema en el mundo, que viene sumando territorios y eslabones a una cadena que parece no tener fin. Con la decisión electoral más reciente, México agrega su voz a la respuesta y la rebelión instintiva de los pueblos frente a las dinámicas de la globalización, en la coordenada de lo que Karl Popper calificó como “el llamado de la tribu”.   

En el plano nacional, el triunfo de Andrés López recoge y reivindica -para lo que queda de las izquierdas mexicanas en la izquierda híbrida y desidentitaria que él representa- la herencia de casi un siglo de luchas sociales y rebeliones obrero-campesinas en el país, entre las que sobresalen los movimientos campesino (1942), electricista (1958), ferrocarrilero (1958-59), médico (1964-65) y estudiantil (1968), sin los que no se explicaría el momento que hoy vive la “izquierda” mexicana. En este contexto, es imposible no pensar esa victoria como un ajuste de cuentas de la izquierda histórica frente al sistema neoliberal, no sólo por el memorial de afrentas y de agravios de casi todo un siglo, sino por lo que ha pesado en la conciencia de la izquierda la estafa electoral de 1988.

La sociedad que hace su vida en la intemperie civil también gana con este trance, no porque su conciencia sea necesariamente de izquierda, ni porque el toque de un “providencial líder” vaya a resolver -en automático- los problemas que aún mantienen la quijada endurecida a la altura del piso social, sino porque el éxito electoral de la “izquierda” viene a significarle una tregua, o quizás un triunfo moral frente a las élites del poder, o acaso la sensación troyana de que, esta vez, fue la sociedad la que en el triunfo de MORENA pudo salirse con la suya.

Al margen de los análisis y las valoraciones que aún falta por hacer respecto al “tsunami” electoral mexicano, es necesario formular, por lo pronto, dos o tres observaciones críticas al gobierno que habrá de estrenarse el próximo 1 de diciembre.

A distintos sectores en el país les inquieta y preocupa cuál es la idea de que tiene del poder y cual podría ser el estilo personal de gobernar de Andrés López; por ello, sería recomendable que mantuviese a raya dos tentaciones: la de la acumulación de poder como fin en sí mismo y la de la presidencia perpetua (por sí o a través de interpósita persona), y en su lugar colocase la idea de realizar un cambio nunca visto en el país, que es lo que movió a millones de electores a votar por él. México necesita ganar un Presidente para el cambio, no un Presidente para el poder.

La izquierda en México ha hecho la crítica de todo y de todos, a veces con razón y en ocasiones sin ella. Por tanto, ha llegado la hora de que en lugar de criticar construya desde el gobierno, comience la crítica de sí misma y se disponga a digerir lo que no siempre ha estado dispuesta a hacer: a aceptar, tolerar y alentar la crítica que proviene de las afueras del poder, incluida la de sus adversarios políticos.

Con frecuencia, el ejercicio del poder conduce a engolosinamientos que llevan a perder piso a los hombres de gobierno y de Estado, y eclipsa en ellos los referentes mínimos de la racionalidad a la hora de tomar decisiones. En virtud de ello, son necesarios el corazón sereno, la racionalidad en reposo y la visión clara de un porvenir posible, para ponerle tren de aterrizaje a la transformación que la izquierda le ha ofrecido al país.

Perder de vista las limitaciones éticas del poder en una democracia y evaporar la idea del cambio sustituyéndola por obsesiones ideológicas de otro tiempo y otro espacio, podrían ser anuncios del fracaso del primer gobierno de izquierda en México.        

En 2019 se cumplirá un siglo de la fundación del Partido Comunista en México, cuyo principal artífice fue el embajador soviético en nuestro país, Konstantin Oumansky, y no hay, no podría haber mejor manera de conmemorar el centenario de dicha fundación, que hacerlo con la noticia fresca del final ascenso de la “izquierda” al poder.

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